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El cuento de la hormiga y el elefante por Javier Nicolás
Javier Nicolás

Era un elefante que no respetaba a nadie en la selva, se comportaba con descarado despotismo y recurría a la violencia cuando le venía en gana. Se había convertido en un compañero insoportable y peligroso para las criaturas de la selva. Hasta los rinocerontes estaban amedrentados con un elefante así. Se hizo una gran asamblea de animales para decidir qué hacer con el irascible individuo. Nadie sabía qué determinación tomar, cómo poder refrenar al paquidermo. Entonces una hormiga levantó la voz y tuvo realmente que levantarla mucho porque nadie la oía o nadie quería oírla.

-Yo os protegeré– dijo humildemente la hormiga.

El cuento de la hormiga y el elefante por Javier Nicolás

Todos estallaron en una monumental carcajada. Si las hormigas se ponen rojas de timidez aunque no podamos verlo, ésta debió enrojecer de veras.

-¡Tú no podrías proteger ni a un minúsculo mosquito!– le dijeron.

-No voy a hablar más, pero yo os protegeré a todos. No lo dudéis ni por un momento.

Transcurrieron los días. Los animales estaban siempre en un estado de extrema alerta. En cualquier momento el elefante podía comenzar a hacer de las suyas, o sea, empezar a dar trompazos a diestro y siniestro. Una noche, sigilosamente, la hormiga comenzó a trepar por una de las patas descomunales del elefante. Ni que decir tiene que aquella escalada era sumamente difícil y arriesgada, además de muy larga. Pero hábilmente la hormiga había tomado una de las patas delanteras, para abreviar viaje hasta su destino, que no era otro que la oreja colosal del paquidermo. Fue trepando por el cuello y finalmente se introdujo por la oreja y se instaló en el oído del animal. A los pocos minutos el animal empezó a experimentar atormentadores dolores que le hacían creer que iba a estallarle la cabeza o a enloquecer. La hormiga paseaba por las estancias de su cerebro. Después de un tiempo, la hormiguita salió y, disimulando, saludó al elefante.

-¿Qué tal estás, amigo elefante?
-¡Fatal, fatal!– se lamentó el elefante-.
-Si yo te curase –dijo astutamente la hormiga-, ¿dejarías de molestar a las criaturas del bosque?
-Claro que lo haría.
He creído enloquecer.

Entonces la hormiga hizo unos pases magnéticos sobre la cabeza del elefante y le dijo:

-El mal no volverá a ti si eres bondadoso, pero en caso contrario regresará.

Las criaturas del bosque dieron una fiesta a la hormiga. Con el discurrir del tiempo la hormiga y el elefante se hicieron grandes amigos, aunque la hormiga nunca le reveló su secreto.

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El cuento de la hormiga y el elefante es un constante recordatorio de que no hay enemigo pequeño. A veces, la criatura aparentemente más insignificante nos puede proporcionar el correctivo que merecemos. La bondadosa modestia, consigue sin destruir, el poder transformador con un ligero toque de atención. No aprecio a mis lectores por el afecto especial que me atestigüen, sino por su excelencia personal, y no puedo confundir la gratitud con la estimación. El caso favorable se presenta cuando permitís unir esos dos sentimientos. La afinidad de la naturaleza formada sobre el culto del mismo ideal y proporcional a la perfección del alma es lo único que vale.

Sois una pasión que pone en juego una voluntad común y que dirige una inteligencia. Mi libertad interior no existe sino por vuestra excepción. Y vuestras opiniones por ínfimas que sean, recuerda la senda de nuestra humildad.

¡Seguimos tratando
de adecuarla en cada número!
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