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El cazador cazado en su propia cordura. Nos atrevimos a entrevistar en exclusiva al más peculiar personaje que hay en los medios de comunicación de nuestro país. Como entrevistado, también demostró ser único y sus respuestas son todo un alarde de inteligencia irónica.

Jesús Quintero: Un día en el teatro quintero

Llueve sobre Sevilla en un día sin color. Llueve sobre Sevilla con la cadencia triste con la que sólo sabe caer una lluvia otoñal. Llueve sobre Sevilla con el melancólico rumor de ‘Les feuilles mortes’ que cantó Yves Montand.
Son las nueve y cuarto de la mañana y he llegado con cuarenta y cinco minutos de antelación a mi cita, no sé muy bien por qué. Lo cierto es que me ha llovido encima lo que nunca: he olvidado el paraguas.
Todo está cerrado y en la calle Cuna donde he quedado no hay ni un solo soportal que me cobije, así que me lanzo a la carrera hasta los porches que veo a lo lejos en una casa de otra calle. Corro un poco agachado creyendo que eso me librará del agua que me cae encima — ¿por qué?
La chaqueta de pana se ha mojado y huele a humedad de entretela.
Bajo los porches, se me ocurre que sería interesante repasar algunas notas que llevo para la entrevista mientras espero al amparo de este frío y samaritano amigo en que se ha convertido el soportal. Al menos ayudará a que los tres cuartos de hora que me separan de mi cita avancen más deprisa.
Al tiempo que saco mi libreta, un hombre también sin color pasa en la soledad del día. Me sorprende. Tiene algo de Quijote, al menos eso me evoca porque lleva una larga vara bajo el brazo, más exactamente un listón, con el que alancea un cartel electoral que se ha debido de desprender de alguna pared cercana y anda por el suelo retorcido y mojado. Cuando consigue ensartarlo lo lleva colgado de la punta como un trofeo tribal hasta el contenedor de papel que hay enfrente y lo mete por la ranura con gran acierto y regocijo. De pronto una estrofa del tango ‘Balada para un loco’: «Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao… no ves que va luna rodando por Callao…», se clava en mi cerebro como la punta de un arpón. Es un gusano musical que va a instalarse en mi cabeza durante mucho rato con la voz cavernosa, deteriorada y vieja de Roberto Goyeneche.
Quizá esa estrofa tiene que ver con el ­inconsciente ya que voy a encontrarme dentro de un rato con un loco, mejor dicho con el Loco, con Jesús Quintero. (...) Sigue en pdf