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Liv Tyler

DELICADA AFRODITA, LIV TAYLER HA REGRESADO DE LA MÍTICA TIERRA MEDIA CONVERTIDA EN UNA DE LAS ESTRELLAS DE REFERENCIA DEL CINE ACTUAL. ATÍPICA Y NATURAL, PONE DE RELIEVE UN ESTILO DE MUJER Y ACTRIZ DIFERENTE, QUE RENUNCIA A LOS CEGADORES FOCOS DE HOLLYWOOD PARA EXPLORAR TODAS SUS CAPACIDADES ARTÍSTICAS, ALEJADA DE LAS GRANDES MEGAPRODUCCIONES. CORONADA POR EL ÉXITO SIGUE SOÑANDO CON SER UNA GRAN COCINERA.

LIV TYLER. Lovely

Hija de la modelo Babe Buell y el músico Steve Tyler, Liv Tayler vivió una niñez normal en el estado de Maine, no muy diferente a la de sus compañeros de juegos y aulas en la acelerada. Norteamérica de los años ochenta. Días no muy lejanos que ella misma recuerda con cariño y nostalgia cuando evoca la tradicional mansión colonial blanca en la que creció protegida por su madre y abuela, dos figuras claves a lo largo de su vida. Tiempos en los que jugaba con las vacas, patinaba en el estanque helado y ofrecía sus primeras actuaciones “clandestinas” ante familiares y amigos en las que improvisaba vestuarios, siempre “robados” a su madre. Niña de largas trenzas, sólo su altura y sobrepeso le hacían algo diferente; Sin nombrar su odiado aparato dental.

Con catorce años se traslada a vivir a Nueva York junto a su madre. En la Gran Manzana esa muchacha tímida y temblorosa, con aire desgarbado perdía las ruedas de su niñez para convertirse en una bella mariposa. Aquellos desordenados dientes se habían convertido en una infinita sonrisa, sus piernas bronces interminables y sus labios carnosa fruta prohibida.

La ciudad de las estrellas, siempre sedienta de nuevo talento pronto fijaría sus luces sobre esos ojos de niña con formas de mujer. De la mano de Paulina Porizkova, modelo y vieja amiga de su madre, realiza unas sesiones fotográficas. Liv seduce la cámara, cautiva los objetivos. Ella es el cambio, frente al diseño artificial, sofisticado y desafiante de la década de los ochenta, Liv es belleza instintiva y espontánea, como la costa Este, elegancia europea, naturalidad americana.

Las portadas de las grandes revistas reclaman esa nueva imagen, desean esa frescura, que une sensualidad y pudor, que prefiere originalidad a uniformidad. Su imagen se populariza entre los adolescentes norteamericanos, Seventeen, Inteview, Mirabella, la consagran como la imagen de una generación que renuncia al éxito a cualquier precio, propio de esa América que se quemaba en la hoguera de la apariencia. Salto a la fama que paradójicamente no recuerda Liv como algo especial, sus inquietudes personales distaban mucho de las pasarelas y los estudios fotográficos. La moda con sus imposiciones y obligaciones deja rápidamente de interesarle: “yo no podía soportar tener sobre mi piel conjuntos que me desagradaban”.

El tiempo vuela y Liv crece en las fotografías, madurará en la pantalla. Su salto al séptimo arte se produce en 1994, de la mano del desconocido Bruce Beresfost, que le asigna un pequeño papel en “Silent Fall”. El sueño comienza y Liv conquista la cartelera. Apasionada con su trabajo, comienza a figurar en la agenda de numerosos realizadores. Lee cuatro guiones cada semana y no duda en rechazar papeles, mientras sigue trabajando en pequeñas producciones. La puerta hacia la fama internacional la abre de manera inesperada. Aparece en un video de Aerosmith, el grupo de su padre, “Crazy”. Videoclip en el que convertida en un sugerente ángel rebelde enamoró a toda una generación de jóvenes hechizados ante la MTV. Su rostro ilumina todos los rincones del planeta al compás del Rock&Roll, y termina siendo más popular que la canción que promociona...