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Educación vial
Pilar Arribas

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA.
GRACIAS A LAS BICICLETAS HE VUELTO A SENTIRME COMO CUANDO TENÍA DOCE AÑOS

Educación vial

Resulta que este pasado verano he vuelto a experimentar una serie de sensaciones que hacía muchos años que había olvidado. Más o menos desde que a los doce añitos mis padres decidieron que ya era suficiente mayor para ir sola al colegio sin que la tata Pilar me acompañase. Claro está, después de haberme sometido a largas sesiones de lo que podíamos llamar “educación vial”: “Que si no cruces la calle sin mirar a ambos lados…”, “que si por la acera hay ir pegado a la pared para evitar que te tiren a la calzada…”, “No pases nunca debajo de un andamio, podría caerte algo a la cabeza…
Tanta advertencia me hacía sentir, al salir de clase, una especie de inseguridad que junto con la recién estrenada autonomía y la necesidad de nuevas aventuras propias de la edad, producía en mi interior una excitción que ya la hubiese querido para si Indiana Jones.
Pues bien, este estado de alerta permanente, de nerviosismo que alguna que otra vez produce un poquito de taquicardia, ocasionada por un inesperado sobresalto con frenazo en seco incluido, lo he vuelto a sentir y hasta puedo asegurar que con más intensidad que en aquellos maravillosos años. Se acabaron los paseos durante los cuales dejabas volar la imaginación relajándote y olvidando el mundo que te rodeaba. Se acabaron aquellos otros que aprovechabas para repasar la lista de la compra. O aquellas interminables conversaciones sentadas en un banco con una amiga mientras los hijos antes y los nietos ahora jugaban tranquilamente corriendo a nuestro alrededor.
Y todo esto se acabo pero a cambio mis sentidos, sobre todo la vista y el oído, están mucho más vivos y activos y se lo debo total y absolutamente a ese nuevo ente que ha aparecido en nuestras vidas de sufridos viandantes y que cual centauro poderoso y protegido se adueña cada día más de nuestras calles: la BICICLETA.
No dudo de que se trata de un medio de transporte limpio, barato y rápido, pero no estaría de más que a los usuarios les hiciesen llegar un folletito con las más elementales reglas de respeto hacia el resto de los ciudadanos que no sentimos la necesidad de emular a Alberto Contador o no podemos hacerlo. Salir a lo que antes se llamaban paseos, boulevares o como queramos denominarlos es sentirse acosada, perseguida y acorralada por un sin número de ciclistas que nos van sorteando haciendo eses como si de una carrera de obstáculos se tratara.
Por no hablar de lo que supone bajar de un vehículo aparcado en una calle donde hay “carril bici”, si vas en el asiento del copiloto. Antes de abrir la puerta hay que asegurarse de que no viene nadie y una vez en el suelo mirar repetidas veces a derecha e izquierda y cruzar lo más rapidamente que nos permitan las piernas, pues en caso de colisión todavía no tengo claro si la culpa sería del ciclista o del peatón.
Pero bueno, todo esto son pequeñas reflexiones que se me ocurren a mí en una tarde de fin de verano y que para quien yo sé no tienen mayor importancia ¡Rarezas de señora mayor! Por eso como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Gracias a las bicicletas he vuelto a sentirme como cuando tenía doce años.
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