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Respeto por la Historia

Respetar la herencia y legar una cultura rica a las futuras generaciones pasa por garantizar la esencia de los objetos a través de algunos oficios artesanales sin los que, indiscutiblemente, el mundo no sería igual.

Respeto por la Historia

Atrás quedaron los tiempos en los que las cosas duraban toda una vida. Vivimos en un momento en el que la obsolescencia programada, las tendencias cíclicas y la fecha de caducidad dictan las normas del consumo. Afortunadamente hay objetos y oficios que perduran en el tiempo, que nos enseñan a amar el pasado y nos explican cómo vivir el presente y cómo afrontar el futuro.

En este sentido, instituciones como el Museo del Prado de Madrid preservan el legado de nuestros antepasados para cuidar y enriquecer su herencia. La restauración de las obras de arte para preservar o recuperar su estado de conservación, se convirtió desde la fundación del Museo del Prado hace casi 200 años en una de sus tareas fundamentales y a la que más esfuerzo han dedicado sus trabajadores y responsables a lo largo del tiempo.
En 1984 la mediática restauración de Las meninas de Velázquez por John Brealey (1925- 2002), restaurador del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, supuso un cambio decisivo en la forma de aproximarse a una pintura en el Taller del Museo. Desde entonces, los restauradores del Prado parten del reconocimiento de la singularidad de cada obra y de la necesidad de ajustarse a sus necesidades concretas, y de que solo puede llegarse al conocimiento necesario para su trabajo mediante la observación y el estudio del cuadro, analizando cada detalle hasta sus últimas consecuencias y, al mismo tiempo, la totalidad de la pintura para preservar la unidad compositiva. Desde ese momento, un numeroso grupo de jóvenes restauradores se incorporaron al Taller, desarrollando una nueva visión de la restauración. Su prolongada vinculación con el Prado ha posibilitado la consolidación de un equipo fuertemente implicado con la institución en la que trabajan. Además, conscientes de la importancia de asegurar la transmisión de la experiencia acumulada desde 1734 a las nuevas generaciones, se vuelcan en la formación de jóvenes profesionales que disfrutan de becas o estancias en el Prado, uno de los objetivos esenciales del Taller del Museo en la actualidad.

Para la casa relojera Patek Philippe el tesoro más preciado es la herencia, por eso las creaciones que vio nacer la casa ginebrina desde1839 siguen siendo la principal fuente de inspiración para sus maestros relojeros, el horizonte al que mirar para integrar cada nueva complicación relojera y para diseñar cada uno de los pequeños detalles que componen sus piezas. Antoine Norbert de Patek y Adrien Philippe, gracias a su empeño, crearon un mundo mágico a través de sus relojes en un momento en el que las limitaciones tecnologías eran tremendamente escasas, de la misma manera que Velázquez fue capaz de crear historias divinas valiéndose únicamente de un lienzo, un pincel, un sobrado talento y mucha pasión.
En su taller de restauración en Ginebra, reina una máxima: “No hay ninguna razón por la que un reloj Patek Philippe no pueda durar eternamente”. Desde el respecto más absoluto, en Patek cumplen con el compromiso de restauración y mantenimiento de todos sus relojes (incluso los fabricados en 1839). La manufactura conserva un archivo increíble compuesto de más de 5 millones de elementos entre componentes y piezas de repuesto con muchos elementos originales y modelos que ya no se fabrican. Además el equipo de restauración está perfectamente capacitado para fabricar piezas exactas a las antiguas para configurar engranajes perfectos a partir de los diseños y las herramientas originales. Después de todo, cada reloj Patek Philippe es tan individual como su propietario. Honestamente, tener la oportunidad de observar la pasión y el respeto con el que estos maestros relojeros viven su trabajo, brinda una oportunidad para reconciliarse con el ser humano.