Logo SPEND IN
Twitter Instagram Pinterest Facebook

 
 
 
PDF Version

architecture

La fábrica de Ricardo Bofill

La arquitectura industrial creó algunas de las imágenes más potentes en las ciudades, y aunque el desarrollo haya hecho que muchas fábricas hayan sido derribadas, casos como el de La Fábrica de Sant Just Desvern, rehabilitada por Ricardo Bofill como estudio de arquitectura, muestran el camino a seguir.

La fábrica de Ricardo Bofill

En la escena final de “White Heat” James Cagney grita a los cuatro vientos desde lo alto de una fábrica su famoso “Made it, Ma! Top of the world!” antes de desaparecer entre las explosiones de los depósitos de combustible a los que ha disparado. Por motivos totalmente diferentes el arquitecto barcelonés Ricardo Bofill podría también subirse a la azotea de uno de los silos de la fábrica de cemento que lleva rehabilitando desde hace años para gritar la misma frase que el actor, orgulloso de ver que ya están casi completas las obras de reconversión de los edificios de la cementera abandonada en su estudio de arquitectura y domicilio personal.
Bofill descubrió la fábrica Sansón en 1973 durante un paseo por la localidad barcelonesa de Sant Just Desvern, la cementera, que llevaba años cerrada, había abierto sus puertas en la primera industrialización de la comarca e ido creciendo con los años con edificios añadidos, superpuestos unos a otros. El gran arquitecto posmoderno español se enamoró en el acto de lo caleidoscópico de su arquitectura, llena de remiendos y espacios vacíos debidos al abandono. En palabras del propio Bofill, La Fábrica era “surrealismo como metáfora de la inutilidad: escaleras que no conducen a ningún lugar, volúmenes fragmentados, espacios puros, abstractos, grandiosos e inútiles, mágicos por su tamaño fuera de escala”. Y compró las instalaciones industriales con la idea de instalar allí su Taller de Arquitectura.
Muchos años después su sueño se ha cumplido y todo aquel surrealismo, abstracción y brutalismo de la arquitectura industrial ha devenido en pureza y claridad gracias a la demolición de algunas de las construcciones del complejo, pasando así de ser una especie de castillo futurista abandonado -como, por ejemplo, sigue siéndolo la inmensa y fantástica Panificadora de Vigo- sacado de un grabado de Piranesi a ser una aparición más cercana a las arquitecturas de los cuadros de Giorgio de Chirico, imagen mucho más afín al posmodernismo del veterano arquitecto catalán.
De los distintos ambientes creados en La Fábrica, lo primero que se ve al llegar son los jardines, donde entre el césped del terreno crecen eucaliptos, palmeras, olivos, prunos y plantas trepadoras que envuelven los muros de hormigón visto, dando al edificio una apariencia misteriosa de ruina ­romántica o de ciudad abandonada de Uncharted 1, en donde el tesoro que busca Nathan Drake solamente puede ser encontrar al arquitecto, al artista, dibujando en su estudio.
Tras atravesar el jardín se llega a ese estudio, la parte más importante del complejo. Llamado Ricardo Bofill Taller de Arquitectura (RBTA), está situado en los silos de la fábrica, con las cuatro plantas de que consta conectadas por una preciosa escalera en espiral. Es luminoso, abierto, espacioso, mínimal, con techos de cuatro metros y mobiliario diseñado por el propio RBTA, con lo que se logra un ambiente óptimo para el trabajo creativo que allí se lleva a cabo. En las galerías subterráneas se guardan los archivos del arquitecto, el mejor sitio para conservar este tipo de materiales. Fuera del estudio la zona llamada La Catedral quizá sea la más atractiva para el visitante -porque sí, esta maravilla se puede visitar-, consta de una sala de conferencias y una sala de exposiciones con diez metros de altura, con paredes de cemento ligeramente oxidadas que recuerdan inmediatamente el antiguo uso industrial del edificio. Una de las salas de reuniones, bajo las enormes tolvas de la antigua cementera, crea una imagen inolvidable. Ya solamente queda la residencia del arquitecto, mágica, con una atmósfera muy particular, desde la sala de estar con ventanas chiriquianas a la cocina-comedor familiar con las paredes rosas, decorada con mobiliario diseñado por el propio arquitecto con añadidos de Tusquets, Thonet o Gaudí.
La Fábrica, “convento laico y libertino”, según confiesa divertido el propio arquitecto, es uno de los muchos atractivos secretos de Barcelona y sus alrededores que merece mucho la pena visitar. Ver el sueño de un artista hecho realidad debería ser motivo de alegría para todos, y más cuando esa realidad es tan útil y hermosa como esta edificación de ensueño que ha vuelto con fuerza a la vida.