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Odisea en el Planeta Jazz

El fotógrafo WILLIAM CLAXTON y el musicólogo JOACHIM E. BERENDT recorrieron en 1960 los Estados Unidos registrando la escena jazzística en uno de los momentos más cruciales de la historia de este estilo musical. Un viaje irrepetible que Taschen reedita en un libro antológico: 'Jazz Life'.

Odisea en el Planeta Jazz

Cuatro meses, incontables carretes fotográficos y un viejo Chevrolet fueron las herramientas básicas de un viaje irrepetible, y no porque sea imposible recorrer los Estados Unidos o buscar las esencias del jazz a lo ancho de la “promise land”. No, simplemente ese Jazz de club, de músico callejero, de estudio de grabación improvisado no se puede reconstruir porque ya no existe. Hoy las grandes estrellas del jazz se forman con la disciplina de los virtuosos de la música clásica y sus actuaciones ocupan los auditorios más prestigiosos del planeta. El jazz es clásico. Solo hay que repasar la formación de los grandes nombres de la escena actual para comprobarlo. Interpretes en su mayoría formados en las grandes instituciones musicales, así de Juilliard salió Wynton Marsalis como Iiro Rantala es un producto de la elitista Academia Sibelius. No se puede discutir que los orígenes marginales de esta música han ido quedando relegados a la historia conforme el jazz se ha integrado en los circuitos de la alta cultura. Por eso la obra, el viaje del fotógrafo William Claxton y el musicólogo Joachim E. Berendt es tan importante hoy. Arqueólogos de una música que, como todas las anteriores, vive eternamente en las grabaciones. Posiblemente ellos fueron los últimos en documentar, en sentir a flor de piel, ese jazz de plantación, de club de mafiosos, de camerino lleno de músicos compartiendo alcohol y madrugada. En 1960 el Jazz daba en América sus últimos pasos para configurarse como hoy lo conocemos. Este movimiento musical, el más representativo del confuso siglo XX, se había forjado entre las orillas del Mississippi y las grandes avenidas de las ciudades industriales del norte del país. La única expresión artística genuinamente americana había llegado tras medio siglo de evolución a uno de sus últimos escalones y Claxton y Berendt estaban allí con una cámara y una grabadora para dejar constancia de un universo artístico que estaba muriendo en pleno triunfo. Un periodo en que lo viejo y lo nuevo estaban conviviendo a lo largo de la ruta 69. En 1959 Kind of the Blue de Miles Davis y Time Out de David Brubeck, con más de un millón de copias vendidas cada uno, habían definido el Jazz, tanto en la vertiente “cool” como en el “west coast style”, con unos caracteres que, con los matices del “free” (del cuarteto de Ornette Coleman), se puede considerar el canon de este movimiento musical. Precisión, melancolía, sentimiento, libertad compositivo, audacia creativa y el legado del blues, los espirituales y varias generaciones de músicos sobrevolaban una explosión artística equiparable a la de los artistas del París de las vanguardias. En aquel año, en el que el mundo asistía a la explosión pop, una revolución más profunda se estaba desarrollando en Dallas, Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Nueva Orleans y en cada pequeña localidad en la que se levantase un escenario. Claxton y Berendt los recorrieron todos; estuvieron en Nueva Orleans donde todavía las Big Bands seguían interpretando la música de los “juglares”, de los espirituales de las plantaciones y de los coros de las Iglesias reformistas y estuvieron con Wayne Shorter y Lee Morgan en Philadelphia; todavía Louis Amstrong trataba de luchar contra un tiempo que estaba devorando su swing, su voz que los jóvenes trataban con irreverencia. Duke Elligton, que llegó a ser el músico americano más famoso de los cuarenta, tuvo la visión de bendecir la revolución que habían iniciado Charlie Parker y Dizzy Gillespie. El “be-bop” fue un puente entre esas dos formas de entender la música, marcando con fuego una generación que se desangró entre drogas, excesos y ese sonido agresivo, insolente y veloz al que aspiraban todos de Blakey a Max Roach, de Bud Powell a Thelonious Monk. Todavía en los sesenta el jazz significaba libertad para los músicos afroamericanos que en algunos estados tenían que alojarse en hoteles separados de sus compañeros blancos. Esa tensión social, tan bien captada en algunas de las fotografías de Claxton, no fue impedimento para que músicos blancos como Bill Evans, Chet Baker, Barney Kessel o Gerry Mulligan fuesen protagonistas de este periodo de oro del jazz en el que brillaron músicos tan diversos como Coleman Hawkins, John Coltrane, Ben Webster o Shelly Manne. Mirando las preciosas fotografías de Claxton es inevitable sentir nostalgia por una época enterrada por el vértigo de una cadena de acontecimientos demasiado acelerada, un tiempo del que quedan interpretaciones en directo y grabaciones de estudio que, como las composiciones de Bach o la música de cámara de Mozart, son una de las expresiones más altas del espíritu humano. Una música que dentro de siglos seguirá produciendo el deleite, la comunión espiritual de quien la escuche con esos artistas irrepetibles que viajaron para la eternidad en las maletas de Claxton y Berendt.