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Hace unos meses, justo antes de irme a dormir, vi en un programa de la televisión francesa a un montón de artistas reunidos en una gala cantando una canción a favor de alguna causa social. Era un vídeo antiguo, de unos diez o quince años atrás.

Charles Aznavour

Entre esos artistas estaba Charles Aznavour uno de mis tres cantantes favoritos. Estaba ya mayor en el vídeo, setenta y tantos largos.
Me alegré de verlo, pero al mismo tiempo sentí una cierta pena por haber perdido la ocasión de ir a alguno de sus conciertos, y por la edad supuse que la posibilidad de hacerlo se había esfumado para siempre.
Esto mismo me había sucedido ya con Frank Sinatra (F.S. está en la terna de mis favoritos): desaproveché una ocasión en la que vino a España y luego ya no hubo otra. Nunca pude ver a Sinatra en concierto… y ya iban dos de los tres.
Creo que he escuchado todas las canciones de Charles Aznavour un millón de veces, en francés, en español o en el idioma que tocaba. Y no solo las he escuchado sino que las he cantado y hasta bailado. La canción francesa, la chanson, me gusta y la escucho habitualmente, no solo en Aznavour sino en muchos otros intérpretes.
Por eso, cuando se anunció que Aznavour iba a dar un concierto antológico en el Liceo de Barcelona el día 26 de junio de 2014, mi mujer y mis hijas me compraron una entrada para ese concierto como regalo de cumpleaños.
Con mi entrada en el bolsillo el día del concierto, jueves, me cogí un autobús y llegué a las siete de la tarde a Barcelona, el show empezaba a las nueve, duró hasta las once, y a las doce de la noche tomé otro autocar de vuelta a casa. En total me chupé siete horas de autobús y casi setecientos kilómetros por ver al amigo Charles. No me arrepiento.
El Liceo está en la Rambla y, como se sabe, la Rambla es una riada de gente que sube y que baja por la calle a paso procesional, pero caótico. Treinta grados de calor húmedo convertían las dos horas que tenía por delante en algo mentalmente agotador y quería llegar al concierto con frescura suficiente para disfrutarlo.
Recordé que cerca de allí hay un oasis: el hotel 1898, que fue sede de la Compañía de Tabacos de Filipinas en la que trabajó Jaime Gil de Biedma y en cuyos salones compaginaba su trabajo con su creación literaria.
Gil de Biedma es uno de mis poetas favoritos por lo que, aprovechando la cercanía entre el Liceo y el hotel, me parecía una buena idea ir a hacer tiempo al edificio donde, supongo, todavía andará vagando por los pasillos algún retazo de su espíritu y cuando menos colgará algún verso de los artesonados de los techos… “…y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia”.
Entré en el hall del hotel (ya había estado en otras ocasiones) y, en efecto, me recibió lo que ya conocía: un ambiente colonial fresco aromatizado de incienso, cuero marrón elegantemente sobado por el uso, madera noble, luces bajas, estampado de sillones de rayas blancas y negras dejando intuir un aire de cebra desestructurada o deconstruida y los sempiternos ventiladores girando suavemente, sensualmente, zumbando su melodía tropical en tono menor. (Sigue en PDF)