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Entre las acepciones de fotogenia que haya en el diccionario la entrada “Marilyn Monroe” debería estar de las primeras, porque no existe foto en la que salga mal, y de entre las miles que le tomaron, las de esta mítica sesión en la que juega sensual con la sábana de una cama en la que reposa desnuda, se llevan la palma. Es imposible ser más bella con menos aderezo, únicamente Marilyn era capaz de tanto con tan poco.

La cama desecha de Marilyn

Ya no quedan palabras nuevas que decir sobre Marilyn Monroe, no queda ningún adjetivo que asociar a aquella prototípica rubia californiana que, haciéndose la tonta, se abrió camino en el maravilloso cine de mediados del siglo XX para llegar a completar en apenas diez años una filmografía casi perfecta, rodando obras maestras como La jungla de asfalto, Eva al desnudo, Cómo casarse con un millonario, Con faldas y a lo loco o Vidas rebeldes. Casi ninguna de sus películas es olvidable; ya fuera ella o su representante quien escogía los guiones, lo hacía con una inteligencia que ya hubiera querido para sí Hedy Lamarr, que rechazó nada menos que Casablanca, Luz de gas y Laura... Aunque la vienesa ya se entretenía lo suyo inventando el WiFi para todos nosotros en sus ratos libres.
En 1961, un año antes de su muerte, ya de lleno en su espiral de alcohol y drogas, Marilyn posó para un joven fotógrafo canadiense llamado Douglas Kirkland, a quien la revista Look había encargado un reportaje sobre la estrella para celebrar el vigésimo quinto aniversario de la publicación. La actriz quiso intimidad, dijo como los toreros “dejadme sola” y todos salieron de la habitación, quedando ella a solas con el fotógrafo. Él, con su Hasselblad; ella, desnuda en una cama, tapada únicamente con una sábana blanca. Y Kirkland apuntó y se puso a sacar fotos a la mujer total, y ella le respondió juguetona, traviesa, es decir, extremadamente sexy, posando abrazada a la almohada, enroscada en la sábana, retozando y poniendo mohínes y, como no podía ser de otra forma, creó el enésimo mito sobre la Monroe, una sesión de leyenda en la que las fotografías que la componen muestran a una Marilyn estremecedoramente bella a sus treinta y cinco años, más hermosa y frágil que nunca, más mujer y mucho más atractiva que todas las jovencitas quince años menores que ella que buscaban la fama por Hollywood en aquellos años. Ella era la reina, la más deseada de un mundo en el que quizá solamente los ojos violetas de Elizabeth Taylor podían ensombrecer mínimamente su reinado. Como dijo John Huston sobre su maravillosa actuación en Vidas rebeldes, película rodada el mismo año que la sesión de fotos de la cama, y en la que durante el rodaje sus retrasos y el caos que la rodeaba fueron históricos: “Marilyn excavó dentro de sus propias experiencias personales para sacar a la superficie algo único y extraordinario. No tenía técnica de actuación. Era todo verdad, era solo ella”. La frase de Huston está también en cada una de las imágenes de la sesión “An Evening With Marilyn Monroe” de Kirkland, lo extraordinariamente natural que era Marilyn en todo lo que hacía.
Ahora que ya no se ven tantos pósteres suyos cubriendo las paredes de los bares y duerme arrinconada por aquella perfecta raquítica pop llamada Audrey Hepburn, quien con su imagen de niña buena domina abrumadoramente el siglo XXI, los creyentes debemos atrincherarnos en las gloriosas curvas de la californiana a la espera de que amaine la tormenta y vuelva el amor global por la Monroe y por el tipo de mujer-mujer que encarnó, por aquella chica que según el personaje de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco llevaba un motorcito para caminar. El libro de Kirkland quizá nos pueda servir a quienes buscamos una Marilyn de manual de instrucciones de ese motor que la hacía contonearse de aquella forma tan irresistible, porque oculto bajo sus fotos está el mapa para conocer a aquella mujer que se autodestruyó a pesar de ser perfecta y que nunca dejará de fascinarnos.