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El Cazador de Sombras

Al fotógrafo EDWARD SHERIFF CURTIS los nativos lo llamaban “El Cazador de Sombras”. En cierto sentido tenían razón ya que sus fotografías, más que retratar la vida de los pueblos indios, estaban escribiendo los últimos capítulos de un mundo que ya había dejado de existir. Las 40.000 fotografías que componen su archivo son un artístico canto a un tiempo que se estaba apagando definitivamente delante de su objetivo.

El Cazador de Sombras

Ya era tarde cuando el fotógrafo, aventurero, empresario, y otra tantas cosas más, Edward Sheriff Curtis llegó a territorio indio. En 1890 la “matanza” de Lakotas en Wounded Knee, perpetrada a partes iguales por el cinematográfico Séptimo de Caballería y por una sociedad incapaz de entender el valor de otras civilizaciones que no fuesen las occidentales, había supuesto el fin de la resistencia de los indígenas americanos frente a los Estados Unidos. Recluidos en reservas en las que malvivían, los diferentes pueblos nativos, de los Hopi en Arizona a los Nunivak de Alaska, se apagaron mientras surgían ferrocarriles en las montañas sagradas, ciudades en las praderas en las que los bisontes habían desaparecido para dejar paso a los rebaños y a los interminables campos de cereal que dieron una nueva piel al Medio Oeste norteamericano. Entre 1895 y 1970 Edward Sheriff Curtis se dedicó a tratar de rescatar del inevitable olvido a estos pueblos, realizó viajes a través de los escenarios que inmutables durante generaciones vieron la Danza del Sol de los Pies Negros, los rituales chamánicos de los Duwamish, las celebraciones de los Navajos o las cacerías humanas de los Kwakiutl. En total visitó más de ochenta tribus, tratando de documentar sus tradiciones, costumbres, culturas, rituales, etc. Lo consiguió a medias ya que en las 40.000 fotografías que legó de su odisea india mezcló, con un sentido artístico sobrecogedor, la realidad de unos hombres y mujeres que habían perdido su paraíso con una reconstrucción, en la mayoría de los casos idealizada y romántica, de los que había sido un pasado sin hombres pálidos y horizontes interminables. El de Curtis era un mundo en color sepia que ya no existía más que en la memoria de sus retratados, en el recuerdo de supervivientes como la anciana princesa Angeline, hija del jefe Duwamish Siahl, que mendigaba para sobrevivir. Todo un símbolo del destino de unos pueblos atropellados por la industrialización y la tecnología. Sus trabajos se publicaron bajo el titulo 'El Indio Norteamericano', un trabajo cuyas mejores imágenes han sido recuperadas por Taschen en 'Los Indios de Norteamérica. Las carpetas completas'. Pese a que en un primer momento recibió numerosas críticas por parte de algunos celebres antropólogos, como Franz Boas, por su exceso de pintoresquismo, hoy la obra de Curtis emerge, además de un bello epitafio de una cultura perdida, como un documento histórico, etnográfico y cultural de primera magnitud. Imaginadas o reales sus fotografías son el último testimonio de danzas y tótems mágicos, de cacerías y cabalgadas guiadas por el viento, de niños y ancianos cuyos rostros y expresiones nunca volverían a ser iguales. La obra de Curtis enseñó a los nuevos propietarios, tanto a los sucesores de los pioneros como a ese ingente magma de inmigrantes europeos que llegaba a la tierra prometida, la grandeza de la cultura nativa americana. Una civilización que hoy nos sigue fascinando por su fuerza espiritual y su íntima comunión con la naturaleza.