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Ruido
José Luis Galar

EN LA MAYORÍA DE LAS OCASIONES LOS ARGUMENTOS YA NO SON NECESARIOS, PORQUE LO IMPORTANTE ES EL “RUIDO”

Ruido

Pronuncien «ruido» en voz alta; deteniéndose un poco en la «erre». ¿No les parece estar escuchando el sonido de una gran catarata? ¿Un murmullo ensordecedor? Vuelvan a pronunciar «ruido, ruido» con la voz un poco más atiplada. Ahora ya no solo es agua lo que se oye ¿no es cierto?, sino un fragor de múltiples sonidos estridentes —motores que rugen, metales que entrechocan, cristales que se rompen, cubiertos que chirrían al arañar la loza— mezclado con gente que grita congestionada por el esfuerzo de gritar.
Tal vez estarán de acuerdo conmigo que así no hay forma de entenderse, no hay comunicación eficaz entre tanto ruido. Pero ese es precisamente el valor actual del «ruido»: su uso como estrategia de aturdimiento general. Un bien orquestado y planificado ruido consigue muy buenos resultados: en primer lugar porque impide que se escuchen «melodías» consideradas non gratas por quienes sacan rentabilidad del ruido; y en segundo lugar porque el «ruido» mismo se acaba convirtiendo en la melodía y todos acabamos bailando a su son.
Esto no es nuevo. Siempre ha existido una «clac» que bajo cualquiera de sus formas ha marcado el tiempo del aplauso y del abucheo, señalando a los espectadores cuándo hacer ruido a favor o en contra de los cómicos que representaban su obra en los corrales de comedias. Lo que sucede es que todo se moderniza y ahora el «ruido» organizado nos llega a través de los medios de comunicación y sus programaciones (de algunos más que de otros) en lugar de por la vieja clac. Es el Imperio del Ruido. Que se quiere colocar a alguien o a algo (alguna idea, por ejemplo) en un sitio preeminente: ruido y vocerío sobre lo excelso del sujeto o la cosa en cuestión, aunque su valía sea discreta o inexistente. Que se quiere denostar a alguien o algo y arrastrarlo por el fango: ruido y vocerío sobre lo execrable que es el sujeto o la cosa a emponzoñar aunque su valor intrínseco supere a las minas de Potosí.
Lo importante para los diseñadores de la estrategia de linchamiento se basa en el principio de «difama que algo queda»… y esto suele salirles gratis aunque voceen falsedades.
En la mayoría de las ocasiones los argumentos ya no son necesarios, porque lo importante es el «ruido» y cuanto más ruido más razón se les reconoce a los «ruidosos» sobre la postura que patrocinan. Además, tienen mecanismos de defensa muy sofisticados si alguien osa argumentar en contra de su tesis: ¡se hace más ruido! ¡se aumenta el volumen de la cacerolada! ¡más gritos lapidando el argumento y a quien lo esgrime con vulgaridades y procacidades! Es muy eficaz.
Es difícil sustraerse a este «ruido» que lo invade todo, incluso llega a hacerse necesario, pues acostumbrados a vivir con él, cuando cesa o nos alejamos buscando algo de paz, su ausencia nos genera la angustia de su desaparición, un vacío doloroso, un síndrome de abstinencia…
¡Qué descansada vida / la que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!
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