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Julio Cristellys
CONTRA LO QUE A VECES ES UNA USUAL CREENCIA, LAS ALHAJAS NO SON CONCEBIDAS POR SUS CREADORES COMO HERRAMIENTAS DE OSTENTACIÓN O CODICIA.
De gemas y relojes y otra suerte de aderezos
Fascíname pasear de noche por calles apenas alumbradas por los focos del escaparate de alguna joyería, detenerme ante sus vitrinas y abandonar mi vista a la admiración de los anillos de rubíes, los brazaletes fundidos con una amalgama de varios metales preciosos y los sólidos relojes fabricados en oro y acero para ceñir una poderosa muñeca masculina.
Tomé esta afición siendo un estudiante de bachiller cuando, leyendo “El caballero inactual” de Azorín, descubrí al poeta Félix Vargas, su protagonista, embrujado ante el escaparate de una joyería de Biarritz. Allí, sin desviar la mirada de las alhajas expuestas, intuye un mundano y elegante universo, colmado de sensuales mujeres, cuyo atractivo resaltará una u otra joya, la más apropiada para cada una de esas damas.
Sí, desde entonces, me gustan las alhajas, ya ese aderezo de esmeraldas engarzado en una montura de oro blanco salpicada de brillantes y lucido en la aún hermosa garganta de una matrona, ya las austeras perlas prendidas a los tiernos lóbulos de aquella muchacha, también este magnífico reloj, tal vez –aparte de los gemelos y el alfiler de corbata- la única joya consentida al hombre, otro modo no hay de resaltar y aderezar su virilidad.
Sin embargo, aparte de este afán de mirón, el maestro Azorín –o, quizás, Félix Vargas, su criatura-, me enseñó que, contra lo que a veces es una usual creencia, las alhajas no son concebidas por sus creadores como herramientas de ostentación o codicia. Por el contrario, el exclusivo cometido de la joya no es otro que el adorno de su dueña realzando sus encantos. Así esta pulsera de eslabones de plata deslizada por una redonda y blanca muñeca, aquel collar de brillantes enroscado en torno a un fino y bien modelado cuello y ese austero reloj de oro que evidencia el recio temple de su propietario, sea un deportista, sea un intelectual.
Y si bien no faltan quienes, con un pésimo gusto, inventan objetos tales como calaveras de brillantes o sortijas de enormes monturas que, lejos de destacar el atractivo de su dueña, la metamorfosean en una cucaña de donde penden baratijas y quincalla, el genuino joyero pule la gema y labra los metales preciosos con el ánimo de enaltecer el porte de la anciana que, sentada en su palco, luce el broche que, durante generaciones, han prendido en su atuendo las mujeres de su familia una sola vez cada año, únicamente para asistir a la primera función de ópera de la temporada. Es tal la oscuridad de la sala que muy pocos espectadores distinguen el brillo de las piedras engarzadas a su montura, no así la soprano que, encarnando a Margarita, la amada de Fausto, ahora entona el aria de las joyas.
La función ha concluido, suenan los aplausos y un apuesto joven deja caer un echarpe sobre los hombros de esa dama, mas, antes de cubrirle el broche, retiene el chal, tanto le hechiza el fulgor de su piedra, el destello del oro blanco de su montura. Uno y otro le confían, durante un instante, que su dueña fue hermosa, que tuvo amantes. Quizás el próximo año le susurren nuevas historias.
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