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Julio Cristellys
POR EL CONTRARIO, QUIENES ASÍ SE PAVONEAN NO EMITEN VENTUROSAS ONDAS, SINO INSATISFACCIÓN POR SU MUCHA PRESUNCIÓN. EN UNA PALABRA, MENTIRAS Y MISERIAS.
No tan maravilloso, no tan perfecto
Si alguna ventaja siguiere al paso de los años, a esta cercanía de la vejez y sus achaques, aquella no será otra que el relativismo de nuestras apreciaciones. No hay dogmas ni verdades absolutas, nada ni nadie es definitivamente bueno o malo, ni siquiera nuestros seres más queridos, especialmente nuestros hijos.
Soy padre de una chica y de dos varones, jóvenes de este tiempo, amantes de sus modas y, hasta el momento -seamos cautos-, gente de bien. Ello no implica que sean perfectos ni que su comportamiento se acomode a los patrones forjados por sus padres como arquetipos de conducta. Quizás nuestra buena voluntad y una cierta estrechez de miras nos hizo creer que lo mejor para nosotros sería lo mejor para ellos.
Este anhelo de imponer nuestro criterio no ha generado riñas, sí discusiones zanjadas con el reconocimiento de que unos y otros pertenecemos a mundos diferentes aunque no incompatibles. Nosotros aportamos nuestra experiencia, ellos la energía sus modernos hábitos, aunque sus costumbres nos sorprendan, nos duelan.
Ésta y no otra es la situación de cualquier hogar, no la de esas familias cuyos padres alardean del buen rollo que mantienen con sus hijos. Sinceramente, no me lo creo, pues bien los padres son unos cursis que, por dárselas de modernos, avergonzarán a menudo a sus hijos, bien los chicos se callarán más de lo que habitualmente todos hemos ocultado a nuestros progenitores.
Me revientan esos papás que alardean de lo bien que duermen y comen sus bebés. Por supuesto, mucho mejor que los nuestros, que dormían y comían a deshoras. Y qué decir de cuando los niños van creciendo: todos sacan unas notas magníficas y están muy bien educados, mientras que los propios son unos balas perdidas que a duras penas hacen los deberes, sueltan tacos y lucen greñas, rotos en la ropa y un piercing en la oreja.
Si bien la más irritante situación la vivo ahora, cuando mis hijos, acabados o punto de terminar sus estudios, se inquietan por su futuro profesional.
Conozco a una tropa de vanidosos, cuyos vástagos han sido capturados por un cazatalentos al salir de la universidad para ocupar destacados cargos en saneadas empresas, sin olvidar que pronto concertarán ventajosos matrimonios con los mejores partidos de la ciudad.
¡Dios mío! ¡Qué atajo de provincianos! También, ¡qué falta de discreción! ¿Han pensado, por un momento, estos sujetos que tus hijos pueden plantearte problemas? Es indiferente que la cuestión suscitada sea el desordenado sueño del recién nacido, la vagancia del adolescente o la dificultad de encontrar un trabajo que les permita su independencia. Por añadidura, no dejo de preguntarme si tanta dicha puede ser cierta. Lo dudo, porque la felicidad no precisa de pregones, se percibe, se transmite.
Por el contrario, quienes así se pavonean no emiten venturosas ondas, sino insatisfacción por su mucha presunción. En una palabra, mentiras y miserias.
Sin embargo, por desgracia, mi educación me amordaza, ya que de buen grado les espetaría: “¡Embusteros! No tan maravilloso, no tan perfecto.”
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