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Entre las cuerdas

QUEDAN LEJOS LOS TIEMPOS EN QUE SE PARALIZABA EL PAÍS PARA VER LAS HAZAÑAS DE PEPE LEGRÁ, PEDRO CARRASCO O DE PERICO FERNÁNDEZ. EL BOXEO, SIEMPRE BAJO SOSPECHA Y EXCLUIDO DE LAS PARRILLAS TELEVISIVAS, SE RECLUYE EN UN PUÑADO DE GIMNASIOS EN LOS QUE PÚGILES ANÓNIMOS MANTIENEN VIVA LA ESENCIA DEL NOBLE ARTE CONTRA VIENTO Y MAREA. ANTONIO T. NOS INVITA A CONOCER DE CERCA CÓMO SE PREPARA Y CÓMO SIENTEN LOS GLADIADORES DE LAS DIECISÉIS CUERDAS.

Entre las cuerdas

El boxeador es ante todo un atleta. Sólo se empieza a conocer el boxeo cuando se asume que este deporte (porque llana y sencillamente es eso: un deporte) exige una disciplina monacal, con severas dietas y un régimen de entrenamiento de interminables horas a la espera de que suene la campana. Reconozco que como profano de este mundo, después de pasar cuatro días hablando con unos y con otros, observando la rutina de los ejercicios, me di cuenta de que el cine y la literatura han creado un universo alrededor del cuadrilátero que tiene poco que ver con la realidad. “Tú has visto muchas películas”, me recriminaba Antonio T. mientras comenzaba su calentamiento en la soledad del vestuario. Ciertamente, yo esperaba encontrar junto al ring al viejo entrenador, aquel que pudo haber luchado por el título mundial, pero a quien le rompieron la mano antes de su gran velada; o a esa jauría de perros callejeros dispuestos a escaparse de la miseria a golpes, reglamentarios o no. Tampoco encontré al campeón vencido por las largas pestañas de una mujer fatal. Nada de eso.
El boxeo es un deporte que reúne a todo tipo de gente: se mezcla el joven que sueña con pelear en el Caesars Palace de las Vegas, con el ejecutivo que olvida el teléfono y la corbata mientras hace sombra frente al espejo, con el aficionado de toda la vida que trata de mejorar su gancho. Una vez que se ponen el calzón y se ajustan los guantes, todos son iguales. La vida se detiene en el planeta Boxeo al menos hasta la ducha.
El gimnasio es una jungla llena de actividad. Llama la atención la atmósfera de concentración que se crea: hay pocas bromas, los gestos se administran y cada púgil espera las órdenes del entrenador, quien se asemeja más bien a un maestro de algún arte marcial. Juan C. lleva muchos años dedicados a enseñar y preparar a los chicos..