cultura

La vida en venta

SIEMPRE HE ASOCIADO LA IMAGEN DEL VIAJERO (ME IMAGINO QUE EN GRAN PARTE POR CULPA DEL CINE) A AVENTUREROS PENDENCIEROS DE GATILLO FÁCIL Y PUÑOS DE ACERO, A EXPLORADORES SABIOS CON SALACOT Y BARBA BLANCA DESCIFRANDO MISTERIOSAS RUINAS, O A DECADENTES “BON VIVANTS” PASEANDO POR LAS GALERÍAS ACRISTALADAS DE UN BALNEARIO EN BADEN-BADEN.

La vida en venta

Para mí, sumido en esa imaginería tan fascinadora, no se podía viajar de otra manera. Hoy ya sé, muy a pesar mío, que los corsarios hace tiempo que arriaron del galeón la bandera negra con tibias y calavera para instalarse en la agencia tributaria, y que los arqueólogos no usan látigo más que para pedir subvenciones. Será que me estoy volviendo un desencantado funcional. Pero aunque hay días que añoro las historias fabulosas de Simbad el Marino, he dejado atrás a los argonautas, como en su día dejé al emperador Carlos V para admirar al hombre de la calle, ese que durante cuarenta años se sacrifica silenciosamente por su familia en la rutina de su taller o su despacho. Es de las pocas cosas buenas que tiene cumplir años: que las cosas cotidianas, el sacrificio diario, se convierten en algo heroico. Gracias a eso y algunos viajes, he aprendido a valorar y apreciar un tipo diferente de viajero.

Porque para mí el viajero más auténtico es ese tipo que tiene poco que ver con la literatura y las grandes hazañas, y mucho con las vivencias y la cercanía de personas de carne y hueso. Gente de verdad.
Tal vez por eso me gustó tanto Big Fish, una película de Tim Burton que cuenta la historia de Edward Bloom, un viajante, un hombre corriente que llena de fantasía cualquier hecho de su vida, que hace de sus vivencias un viaje maravilloso.

Es fácil identificarlos en Atocha, o en cualquier otra estación, cada domingo por la tarde. Se cruzan, casi invisibles en su anonimato, con otros viajeros: parejas furtivas que vuelven de una escapada romántica, estudiantes que regresan a los pupitres de la facultad, “mochileros” con cara de agotamiento. Es la hora del regreso para todos menos para ellos. Antes les llamaban representantes o viajantes, revestidos de un aura que les daba el tiempo en que se movían en trenes o en autobuses destartalados, con su maletín sobre el regazo en esa España...
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